Hay un lugar en la tierra donde la naturaleza es un desafío, Brasil, que es una fiesta para los sentidos. Cuando el avión de Iberia se acerca a la bahía, se observa cómo la naturaleza en ese rincón de la tierra se ha vuelto loca. Cabos, golfos, playas que se suceden en un orden infinito, lagos, montañas “jorobadas”, “panes de azúcar” que brotan del agua por todas partes, un agua transparente que luce colores a su propio antojo y un Cristo Redentor en la cima más alta bendiciendo un lugar que no podría ser más bello. En Brasil se encuentra la naturaleza más exuberante, la gente más cálida y ciudades con un derroche de belleza y sensualidad. Sobrevolar la bahía de Río de Janeiro es el anticipo de las maravillas naturales que se esconden en este país.
“Hay muchos colores que podrían definir a este país: el azul del mar, el verde de su vegetación, el blanco de sus trajes, el negro de la piel, sin embargo el color que mejor lo describe es el rojo. Rojo es fuego, calor, color, pasión, amor, expresión… Para mí el rojo es Brasil. Los brasileños viven la vida con una pasión que contagia, despierta emociones, enamora.
La bahía de Guanabara nos da la bienvenida a Río. Los cariocas viven su ciudad intensamente y notarás que a medida que entras, la ciudad te transmite su alegría y la vida se hace más intensa. El ambiente de Río despertará tus sentidos. La actividad, siempre frenética, comienza al amanecer y no cesa hasta que amanece un nuevo día. Uno de los lugares donde se percibe esa alegría e intensidad de la vida son, sin duda, sus playas.
Las playas son una forma de vida, el auténtico pulmón por el que respiran los brasileños. Son los lugares más divertidos y su número es infinito. Las más famosas son Copacabana e Ipanema. Como cualquier playa de ciudad, no son tan limpias como las demás, pero eso no les resta un solo milímetro de belleza. Para mí son las playas más bellas del mundo. Sus aguas, más bien frías, hacen que el auténtico placer esté en la arena: cuerpos de infarto, deporte, venta ambulante, agua de coco, sol, belleza y sensualidad a raudales. Son el corazón del ambiente carioca y su actividad comienza cuando sale el sol, que en este lado del planeta nos da los buenos días sobre las 6 de la mañana.
Copacabana es la playa más chic, flanqueada por los hoteles más lujosos. Pasear por la avenida Atlántica es un divertidísimo pasatiempo a cualquier hora del día. Sólo necesitarás tus ojos para disfrutar. En Año Nuevo, por ejemplo, se convierte en una fiesta. Los brasileños conservan los ritos animistas de sus antepasados africanos. Yenmanyá es la diosa africana del mar. Antes de que amanezca, sus miles de seguidores acuden a esta playa vestidos de blanco y construyen altares de arena iluminados con velas. El mar se llena de ofrendas para la diosa en forma de barquitos cargados de flores, perfumes, espejos y velas encendidas que iluminan la noche. Si se hunden en el mar la diosa devolverá esos deseos a sus dueños convertidos en realidad. Si, por el contrario, los barcos vuelven a la orilla significa que Yenmanyá ha hecho oídos sordos a sus plegarias.
Ipanema es la playa más carioca, la más joven. El entorno de Ipanema es idílico y es la mejor para estar al día de cómo se vive realmente en Río. Allí verás los mejores cuerpos y los mejores bikinis, que son imprescindibles y el único atuendo a todas horas del día.
Entre estas dos playas hay una pequeña, la playa del Arpoador, mi rincón preferido. Su fuerte brisa te hará desconectar del mundo durante horas. Pero no es la única, la bahía continúa en una borrachera de curvas que te regalarán un sinfín de playas que compiten en belleza: Botafogo, Leme, Leblón, Praia Vermelha, Barra Tijuca, todas ellas de arena blanca, tan limpia, que la sentirás crujir bajo tus pies.
Sao Conrado tiene el honor de contar con un telón de fondo magnífico, las montañas gemelas que embellecen el horizonte de Ipanema pero, a medida que te acercas, observas que poseen el secreto mejor guardado de Brasil, la favela más grande de Latinoamérica. Aquí nació el carnaval y se extendió por todo el mundo.
Entro en mi habitación, exhausta al final del día y de pronto me sorprende, a través de la ventana, un cielo teñido de sangre que va cambiando de tonalidad a medida que el sol se esconde. La imagen de la ciudad me vuelve a tentar y salgo de nuevo para no perderme el espectáculo. Llego hasta la playa de Ipanema donde el sol se despide de la forma más bella y lo hace regalándome, además, una brisa de mar maravillosa. Comienza una noche magnífica. ¿Quién tiene tiempo para dormir?
De nuevo amanece y los deportistas ya son un regimiento en las playas. Parece como si la gente tuviera una única gestión a diario: disfrutar de los placeres de esta bellísima ciudad. El viaje toca a su fin. El avión de Iberia despega y mis ojos se cierran lentamente. Por fin el sueño me sorprende como una sensación ya olvidada. La adrenalina acumulada me sigue mostrando imágenes vividas, esta vez con los ojos cerrados. ¡No se puede vivir más intensamente! ¡Hasta pronto, Brasil!
Reportaje de Mercedes Lendrino, sobrecargo de Iberia del Airbus-A340
Reportaje de Mercedes Lendrino, sobrecargo de Iberia del Airbus-A340
















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